Se han publicado las notas de Selectividad y te han caído como un jarro de agua fría. Has perdido la cuenta de las veces que has hecho los cálculos de tu nota final, teniendo en cuenta también las calificaciones de bachiller, ¿verdad? Y la cifra que aparece en la calculadora no te deja tranquilo. Sé lo que se siente, a mí me pasó lo mismo.

Es muy duro ver como tu proyecto, tus planes, tus ilusiones…al fin y al cabo tu sueño…todo se desmorona en unos pocos segundos. Ahora tienes la sensación de que las horas de estudio, el sacrificio y el esfuerzo no han servido de nada o que no fue suficiente. No seas duro contigo mismo, DISTE LO MEJOR DE TI, lo sé.

También sé que la incertidumbre te provoca ansiedad, angustia, malestar… estas sensaciones se entremezclan al preguntarte «¿Y QUÉ HAGO YO AHORA?».

Hasta el último minuto no pierdes la esperanza de poder entrar en alguna facultad española. Deseas tanto hacer esa carrera, que te da igual si es lejos o cerca de casa y de tu gente. A eso se le llama motivación, coraje, valentía…pero, desgraciadamente, a veces ni nuestra fuerza personal ni nuestra preparación académica son suficientes para alcanzar lo que las universidades en España exigen.

Este calvario no es sólo sufrido por los alumnos, los familiares y amigos más cercanos también experimentan las mismas emociones negativas que tú. La gente que te quiere sufre cuando te ve triste y desanimado y comparten tu misma angustia.

Te planteas el acceso a universidades privadas españolas pero también tienen una nota de corte bastante alta y los precios de la matrícula (sumado a los gastos que supone vivir fuera de casa) son desorbitados.

De nuevo sientes que otra puerta se cierra, las opciones empiezan a agotarse y te planteas hacer otra carrera que requiera menos nota. La ansiedad se disipa para dar paso a la frustración y la tristeza que supone saber que es imposible alcanzar tu objetivo.

Tranquilo, yo viví lo mismo que tú. ¿Sabes? Me sabía los teléfonos de las facultades de memoria, vivía pegada al email esperando cualquier respuesta. Pero yo fui más allá, cuando pensé que todo estaba perdido, descubrí una opción que no me había planteado hasta el momento: estudiar mi carrera en el extranjero.

Me hice experta en todo lo referido al marco europeo de educación, aprendiendo y explorando lo que los diversos sistemas de cada país ofertaba.

Tras estudiar todos y cada uno de ellos (uno a uno), hacer balance de los pros y contras y echar cuentas con el papel y lápiz en la mano…llegué a una conclusión: ME VOY A POLONIA.

Mi familia y mis amigos me dijeron al principio «¿A Polonia, qué dices?», pero yo tenía una cosa clara: quería alcanzar mi meta, ser médico, y no me importaba si para conseguirlo tenía que salir fuera de España. La gente que me quiere no tardó en darse cuenta de que era lo mejor para mí y me apoyaron con sus «Pero búscame vuelos baratillos para que vaya a verte, ¿eh?».

Quizás te preguntes si el sacrificio, el tiempo invertido y el “miedo” a decir SÍ merecieron la pena. Pues, bien, mi respuesta es rotunda: LO HARÍA UNA Y MIL VECES MÁS.

No sólo he conseguido lo que quería, sino que además he superado mis propias expectativas: mejoro mi nivel de inglés cada día un poco más y he comprobado qué se siente al vivir en un país extranjero al compartir y conocer nuevas culturas. Y todo eso acompañado de una educación y formación impecable, reconocida en numerosos países. Sin duda, creo que tomar esa decisión va a ser determinante en mi vida, que me garantiza un futuro prometedor y me acerca a la vida con la que siempre soñé.

Antes de empezar la carrera en Polonia, hubiera hecho cualquier cosa por poder acceder a cualquier universidad española (aunque nadie mejor tú sabrá a qué me refiero) y hoy no cambiaría por nada la formación que he recibido aquí y las expectativas y oportunidades que esta universidad me ofrece al acabar mi carrera.

Después de verlo todo negro, ahora tengo la sensación de que estoy construyendo mi propio futuro y que lo estoy pintando de mi color preferido.

Y tú también puedes construir el tuyo. Pero, primero, DEJA EL MIEDO A UN LADO. Pesa demasiado como para llevarlo a cuestas y no te dejará llegar lejos. Así que déjalo allí…y vente.

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